Las fantasías como consecuencia de las heridas emocionales de la infancia (y cómo empezar a repararlas)

¿Por qué generamos las fantasías?

Los niños que han crecido en familias narcisistas o familias disfuncionales no han visto sus necesidades satisfechas, su entorno ha causado heridas emocionales como el rechazo, el abandono, la humillación, la traición o la injusticia. Por ello, es frecuente generar fantasías de que su situación, entorno o relaciones cambiarán y se sentirán mejor. Por ejemplo, un niño que vive en un hogar inseguro puede imaginar que un personaje de un programa de televisión llega a su casa y lo rescata de su situación

Esto es porque una niña necesita desarrollar defensas frente a un entorno que es hostil o poco nutriente. Esencialmente, soñamos despiertos con escapar de nuestra realidad. En muchos casos, esta fantasía se lleva hasta la edad adulta.

Vivir en una fantasía o soñar despierto frecuentemente es uno de los efectos del trauma vivido en la infancia y puede ser perjudicial para nuestra salud emocional y dar lugar a:

  • Relaciones difíciles y poco seguras
  • Desarrollo de adicciones a sustancias como las drogas o a comportamientos como el sexo, el trabajo, el juego,…
  • Dependencia emocional hacia otras personas como jefes, amigos, familiares o parejas.
  • Ansiedad y/o depresión
  • Ideaciones suicidas

Soñar despierto en sí mismo no es problemático. Todas las personas lo hacemos en mayor o menor medida, y puede ayudarnos a ejercitar nuestra imaginación y nuestra creatividad. Sin embargo, como es el caso con cualquier síntoma de trauma, soñar despierto y la fantasía pueden ser contraproducentes cuando se convierten en una compulsión, en la forma más fácil de huir de la realidad e interrumpen nuestro bienestar emocional y funcionamiento diario.

Si sólo sueñas despierta con un futuro diferente pero no realizas las acciones coherentes que te pueden llevar ahí, entonces soñar despierta puede hacerte daño y mantenerte anclada en el pasado.

A continuación, comentamos algunas fantasías comunes que tienen los adultos supervivientes de familias narcisistas o familias disfuncionales. Es importante poner conciencia a estas fantasías y darte cuenta tanto de para qué te sirven como en qué te perjudican y además, proponemos recursos más sanos por los que podrías empezar a sustituirlas.

Tener fantasías de querer salvar o ser salvado

Los supervivientes de familias narcisistas o familias disfuncionales suelen tener fantasías de rescate, particularmente en relaciones románticas, donde creen que pueden ser un caballero de brillante armadura para su pareja y salvarla de su situación, para ser elogiados y vistos como héroes. Estas personas suelen vivir en el rol del salvador.

En el otro lado, otras personas se dedican a tener la fantasía de que alguien las rescatará: una persona vendrá y las hará felices al cambiar su situación actual. Estas personas suelen vivir en el rol de la víctima.

Ambos tipos de fantasía de rescate a la larga son dañinas y contrarias a las conexiones íntimas, sanas, auténticas y adultas. La fantasía puede parecer hacerse realidad a corto plazo. Aún así, con el tiempo, a medida que las situaciones cambian, mantener las expectativas de heroicidad en la persona se vuelve algo poco realista o imposible de cumplir. Con el tiempo, la necesidad o el deseo de reproducir esa fantasía regresa, y la persona una vez salvadora o salvada, dejará de cumplir con esas expectativas. En tal caso, habrá una decepción y la tendencia es la de cambiar de pareja para perpetuar el ciclo de fantasía.

Un ejemplo de la fantasía de rescate es una pareja que acoge en su casa a la otra porque no tiene trabajo y le permite permanecer ahí sin pagar durante meses o incluso años.

Si te ves reflejada en esta situación, te invito a que te preguntes para qué ejerces el rol, tanto de la víctima como del salvador. En el caso de la víctima, la invitación es a que te des cuenta de cómo puedes convertirte tú la salvadora de ti misma, qué cualidades o recursos necesitas desarrollar para dejar de sentirte una víctima de tu propia vida. En el caso del salvador, darte cuenta de para qué necesitas que tu pareja te vea bajo ese prisma y qué necesidades emocionales estás negando para poder ser el salvador, qué partes tuyas como la vulnerabilidad, la fragilidad o la imperfección, necesitas aceptar e integrar en ti.

Tener fantasías de conseguir que otros cambien

En la infancia somos impotentes frente a lo que ocurre en nuestro entorno. No tenemos una amplia gama de opciones o recursos disponibles para hacer cambios nuestra situación de vida porque dependemos de nuestros padres o cuidadores.

Esta sensación de impotencia es muchas veces la única respuesta posible para una niña frente a lo que está viviendo, pero se convierte en una respuesta dañina si llevamos esta sensación percibida de impotencia a la edad adulta, sintiendo que no podemos hacer nada para cambiar nuestra vida.

Muchas supervivientes de familias narcisistas o familias disfuncionales buscan formas de controlar a otros, hacer que cambien para sentirse mejor consigo mismas y tienden a sentirse desesperanzados o impotentes cuando no consiguen controlar a otras personas o que hagan lo que ellas quieren. Este comportamiento de querer cambiar o controlar a otras personas, en especial a las parejas, es muy habitual en las personas codependientes.

La realidad es que, como adultas, las únicas a las que podemos cambiar es a nosotras mismas. Debemos asumir la responsabilidad de nuestras propias vidas y así, ocuparnos de cubrir nuestras propias necesidades y, en su caso, cambiarnos en lo que consideremos necesario para sentirnos mejor con nosotras mismas.

Tener fantasías de que la validación está en los demás

En la infancia, buscar la aprobación de los demás es un aspecto normal del desarrollo y, a medida que crecemos, nos movemos por muchos entornos en los que la validación externa se normaliza, como de los padres u otros cuidadores, los profesores,…Recibimos feedbacks externos. Estos feedbacks nos ayudan a determinar quiénes somos, qué nos gusta, en qué somos buenos, cuáles son nuestras características.

Cuando esta validación ha sido muy deficitaria en la infancia, la tendencia de la persona adulta es la de seguir poniendo la validación en manos ajenas, como en jefes, amigos, parejas,… es como si nos dijéramos: “Si yo te gusto, yo me gusto”, “Si tú me quieres, yo me quiero”.

Esta búsqueda incesante de la validación es natural si no la hemos recibido en la infancia pero genera dependencia emocional de las personas en las que ponemos la validación y es como un parche porque si ese vínculo se termina, como no podemos gustarnos o querernos por nosotros mismos, volveremos a buscar personas que nos validen.

Como adultos, nuestra tarea sana es interiorizar el sentimiento de validación, que somos lo suficientemente buenos en ausencia de una validación externa. Esto no quiere decir que no nos sintamos bien cuando logramos algo en el mundo exterior, como un ascenso en el trabajo o un cumplido de nuestra pareja, pero cuando ese tipo de validación no está sucediendo, no nos hundimos en una depresión o creemos que no somos dignos de amor.

Cuando ya nos validamos, una validación externa es un extra que agrada, no algo que necesitamos desesperadamente para vivir a gusto con nosotros mismos.

Tener fantasías de que las soluciones rápidas sirven

Las niñas no suelen tener mucha paciencia con respecto al deseo de sentirse bien o mal. No tienen la parte del neocórtex del cerebro aún desarrollada, por lo que viven en el cerebro reptiliano y el límbico, que son los que más tienen que ver con el aquí y ahora, el presente. Por ello, quieren resultados inmediatos. Es por esto que los padres han de ocuparse de las tareas de sus hijas que tienen que ver con la planificación, el futuro y los objetivos a largo plazo, como la alimentación, la higiene o los estudios.

Tener que vivir demasiado en el día a día para poder evitar amenazas o cubrir necesidades emocionales de un modo precario, no permite desarrollar otras habilidades que tienen más que ver con la planificación, las metas a medio o largo plazo o la gratificación aplazada.

Cuando llevamos esto a la edad adulta, continuamos buscando soluciones rápidas que pueden ser dañinas o destructivas para nuestra salud, como relaciones poco saludables que no tienen una base sólida ni están basadas en la seguridad o el uso de sustancias para escapar de nuestros pensamientos y sentimientos.

Como adultas, hemos de aprender a dejar de buscar arreglos aparentemente rápidos y fáciles para no estar presentes con nosotras mismas y también aprender a estar con las sensaciones o emociones desagradables. Éste es el paso previo para aprender a manejarlas y trascenderlas. Si aprendemos a cultivar la gratificación aplazada, podremos tomar decisiones responsables y maduras que nos ayuden a vivir una vida más plena y satisfactoria.

Prestarle demasiada atención o muy poca a nuestro niño interior

Los supervivientes de familias narcisistas o familias disfuncionales han solido vivir situaciones con sus padres o bien de asfixia y control o bien de abandono emocional en la infancia, y en ocasiones, una mezcla de ambas. Esto conduce a que de adultos, o bien le den demasiado espacio a su niño interior, o bien lo ignoren la mayor parte del tiempo.

La primera situación lleva a adultos que son muy impulsivos, tienen poca capacidad de reflexión y tienen tanta indulgencia consigo mismos y sus necesidades emocionales, que tienen dificultades para ver a las otras personas y darse cuenta de que no sólo ellas importan.

La segunda situación, lleva a adultos que están en muy poco contacto con su espontaneidad, creatividad e impulsividad, hay mucho control y represión y tienden a priorizar las necesidades de los demás frente a las propias.

Como adultos, para poder alcanzar el equilibrio, podemos estar en contacto con nuestro niño interior y atender a sus necesidades, al mismo tiempo que podemos aprender a contenerlo, sostenerlo en sus emociones y ponerle límites. De esta manera, podremos conectar con las otras personas de una forma auténtica, sana y equilibrada y esto nos permitirá tener vínculos de calidad con los demás.

La importancia de sanar nuestras heridas emocionales

Es importante hacer conscientes cuáles son nuestras heridas emocionales de la infancia, cuáles son las defensas que utilizamos para lidiar con ellas y, finalmente, aprender recursos más sanos para, poco a poco, sanar las heridas de infancia y poder vivir una vida de adultos más plena y satisfactoria donde el pasado no tenga tanto peso.

Para esto, pueden ayudar técnicas como:

  • La terapia Gestalt, que nos ayuda a reconocer los personajes que hemos desarrollado para sobrevivir y aprender a gestionarlos y manejarlos.
  • La terapia Corporal, para aprender a escuchar nuestras sensaciones y emociones corporales, y con ello aprender a automaternarnos en el presente.
  • La terapia orientada al trauma, para procesar memorias de eventos ocurridos en la infancia que no se pudieron procesar en su momento para dejarlos atrás y vivir un presente más en conexión con nosotros mismos.

La recuperación del trauma vivido en la infancia no es un viaje corto, sino que requiere tiempo y energía, así como atención y apoyo compasivos contigo misma. Sin embargo, las recompensas que proporciona son grandes, ya que te permitirá vivir en más bienestar y en conexión contigo misma y con los que te rodean; tomar las riendas de tu propia vida como adulta y construir lo que quieres para ti, dejando atrás las fantasías por otros recursos más sanos.

Imagen de Almos Bechtold en Unsplash

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