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Superar el Control: Sanando el Trauma Complejo

El trauma, en pocas palabras, consiste en haber vivido experiencias muy intensas y desagradables, incluso aterradoras, sin contar con los recursos o herramientas emocionales para gestionar emocionalmente dichas experiencias. Hablamos de trauma complejo cuando no se circunscribe a un solo evento concreto, como un accidente, sino a una serie de eventos continuados durante años, como en los casos de supervivientes que han sufrido abuso o maltrato en la infancia.

Las víctimas de abuso y maltrato en la infancia se han sentido impotentes durante mucho tiempo para detener o cambiar sus circunstancias. Esto las suele llevar a perder la capacidad de tomar decisiones en sus vidas, a la pérdida de su poder personal y a colocarse en una situación de indefensión aprendida de forma inconsciente.

A partir de estas experiencias, las víctimas desarrollan una necesidad muy grande de controlar su entorno para sentirse más seguridad. La falta de seguridad en el cuerpo, un sistema nervioso muy alterado, se intenta suplir con un control sobre las circunstancias externas. Al ejercer control incluso sobre los detalles más pequeños de su entorno, crean un espacio seguro en el que los resultados se vuelven más predecibles. Cuando una ha sido traumatizada, la previsibilidad se suele volver el único recurso para sentir seguridad.

Veamos en qué consiste ese control.

Características de las víctimas de trauma que necesitan controlarlo todo

  • Se sienten extremadamente incómodas, a menudo hasta el punto de entrar en pánico, en situaciones ambiguas. Por ejemplo, después de un conflicto, su pareja se aleja durante unos días sin comunicarse. Esta situación se puede volver tan desagradable e incómoda para la persona que necesita tener el control, que es posible que deje la relación sólo para salir de la ambigüedad de sentir que es posible que la relación se termine.
  • Establecen límites rígidos sin margen de maniobra. Los límites rígidos no dejan lugar a conjeturas, lo que hace que los resultados sean más predecibles a largo plazo. Por ejemplo: “No me vuelvas a llamar al móvil en horas de trabajo nunca más”.
  • Pueden ser muy reacias a compartir información personal y, a menudo, son personas extremadamente reservadas. Su miedo a que la información se use para aprovecharse de ellas de alguna manera generalmente anula su deseo de abrirse a los demás. Controlar la información que comparten, las ayuda a sentirse más seguras.
  • Tienden a evitar la intimidad. Controlan no sentirse vulnerables frente a otras personas como una forma de protección. Pueden ser extremas en lo que respecta a la lealtad: o estás de su lado o eres el enemigo. Su miedo a que los demás les hagan daño se magnifica cuando alguien las decepciona, incluso de maneras aparentemente menores, pudiendo ser un motivo para dejar la relación.
  • Pueden tener expectativas poco realistas. Debido a una necesidad de que cada situación sea predecible, puede parecer que exigen la perfección en sus relaciones. Por ejemplo, un amigo llega 20 minutos tarde y la persona controladora decide no verla más porque cree que la falta de puntualidad es imperdonable.
  • No suelen asumir riesgos. A menudo se niegan a participar en conductas que impliquen asumir riesgos, que pueden incluir movimientos financieros arriesgados, cambios profesionales inciertos o incluso actividades recreativas potencialmente peligrosas.
  • Temen al abandono. Debido a que en el pasado no pudieron confiar en sus cuidadores, proyectan estas experiencias a todas sus relaciones adultas. Incluso ante la evidencia contraria, sus previsiones catástroficas de que se va a repetir lo que ya les ocurrió, les puede llevar a abandonar para controlar no sentirse abandonadas en el futuro.
  • Se suelen resistir al cambio, ya que el cambio puede parecerles especialmente riesgoso, aterrador y peligroso por ser desconocido.

Todos estos mecanismos para “mantenerse a salvo” pueden hacer que la persona se quede estancada en el pasado.

Superar el control comienza con aceptar la situación de impotencia vivida durante años

Hay una manera de tener poder y presencia genuinos en tu vida, ahora. Se trata de aceptar que eras impotente en el pasado, sabiendo que los niños y las niñas no tienen el poder de cambiar el trato de sus cuidadores. Para una persona superviviente de trauma, admitir la impotencia podría ser algo así:

“Me doy cuenta de que soy impotente ante lo que me sucedió en mi pasado. No había nada que pudiera hacer para evitarlo entonces, y no hay nada que pueda hacer para deshacerlo ahora.”

Aceptar la impotencia te ayudará a pasar de un estado de hipervigilancia o hipoactivación a un estado de presencia, donde puedes estar en tu vida actual, existiendo y expandiendo la ventana de tolerancia de las emociones, siendo capaz de sentir un espectro completo en lugar de un abanico reducido.

Si piensas constantemente: “Debería haber hecho algo para evitar que eso sucediera”, la tendencia será a seguir pensando: “Debería hacer algo para evitar que vuelva a suceder algo malo”.

La verdad es que gran parte de lo que nos sucede en la vida está fuera de nuestra zona de control.

Si quieres, puedes comenzar a sustituir el control por la confianza y la seguridad.

Cómo empezar a sustituir el control por la confianza y la seguridad

Esto significa que no estás tratando de controlar para prevenir que sucedan determinados eventos, sino que comienzas a desarrollar las herramientas para manejar las situaciones que sea que se te presenten.

Tener compasión contigo y permitirte ser vulnerable permite que se generen conexiones significativas que hacen que valga la pena vivir. Ser vulnerable en relaciones seguras es donde se produce la reparación y sanación después de un trauma complejo.

La terapia puede ser una relación emocionalmente correctiva que te empodera. Es un espacio seguro, donde puedes aprender a sentir los sentimientos difíciles y obtener las herramientas necesarias para construir relaciones saludables y satisfactorias en la vida.

Cuando te des cuenta de que estás controlando algo, como a una persona o una situación, simplemente sé consciente de cuál es el miedo que hay debajo y date el permiso a respirar ese miedo en tu cuerpo: ¿cuáles son las sensaciones corporales? Intenta respirar de forma profunda esas sensaciones.

Empieza a escuchar tus emociones acerca de nuevas personas, potenciales nuevos trabajos o cambios de vida como de vivienda. ¿Cómo te sientes frente a eso que es nuevo? ¿Qué historia te estás contando acerca de lo que va a pasar? ¿Cómo puedes estar más presente contigo momento a momento?

Puedes hacer una lista de los recursos con los que cuentas para hacer frente a una amenaza real, como:

  • Poner límites y decir que no.
  • Abandonar una habitación, un edificio o una relación.
  • Pedir respeto.
  • Hablar de algo que te hace sentir incomodidad.

Si algunos o todos ellos no los tienes, se pueden trabajar y adquirir en terapia.

Conclusiones finales sobre el control y el trauma complejo

Si eres superviviente de un trauma complejo, es muy probable tu cerebro y sistema nervioso se han quedado atascados en la situación de vida muy peligrosa y estresante por la que tuviste que pasar y se comportan como si siguieras viviendo allí: en las respuestas del sistema nervioso simpático de lucha o huida – que están pensados para situaciones puntuales de mucho peligro, donde el cuerpo libera muchas hormonas como cortisol y noradrenalina- , o bien de congelación, donde el cuerpo se pone en modo hibernación, bajando la energía al máximo y llegando a provocar una parálisis momentánea.

Poco a poco, puedes entrenar tu sistema nervioso para que se acostumbre a estar conectado por defecto con el sistema parasimpático, que tiene que ver con la relajación y la conexión con el momento presente.

Fuente: Psychology Today

Foto de Brooke Lark en Unsplash